Jueves, 23 de mayo, 5:00 de la madrugada. Se oyen maletas rodar, caras de sueño, nervios, alegría, preocupación, responsabilidad. Se reparten las etiquetas, últimas despedidas, subimos al autobús sin todavía ser conscientes de lo que nos esperaba.

Un agradable silencio reina durante los primeros kilómetros, pero todo iba a cambiar. Deciden sacar un altavoz que solo produce un ruido infernal. ¡¡EL VIAJE DE ESTUDIOS HA EMPEZADO!!

Y es que menudo altavoz, ¡¡y menuda batería tiene!!

Tras muchos kilómetros -y muchas canciones- llegamos a Valencia. Ahora sí, comienza lo bueno.

Visitamos Marsella, Génova, Roma, Palermo, Cagliari y Palma de Mallorca. También nuestra mascota, un pequeño virus que nos convirtió en pacientes y médicos involuntarios  y nos impidió disfrutar del turismo por estas ciudades.

Pero no todo iba a ser turismo. Como cualquier buen viaje de estudios que se precie, también tuvimos momentos para disfrutar de las piscinas, jacuzzis, comida, discoteca y, cómo no, de los alumnos, profesores y distinta gente que pudimos conocer. Un sinfín de historietas, risas y conversaciones que convirtieron el viaje de estudios en una experiencia académica única para todos nosotros --alumnos y profesores--. Una simbiosis a priori imposible, que resultó ser perfecta.

Y aunque también hubo algún momento de tensión, no dejó de ser una anécdota lejana de lo que un día pudo haber sido bueno, pero terminó siendo maravilloso.